Estamos trabajando en el documental de Goicuría.

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GOICURIA

En vascuence significa “Población de arriba”. Domingo Goicuría era hijo de Valentín de Goicuría, hacendado vascongado en Cuba. Domingo Goicuría nació en La Habana el 23 de junio de 1805.

Se le consideraba uno de los mejores ingenieros de entonces. Llevaba más de treinta años luchando por la separación de España, aunque simpatizaba con la idea de anexar Cuba a los territorios meridionales de los Estados Unidos.

Fue miembro del ejercito loco de William Walker que ocupó tierras e incluso países como Nicaragua. Era, según la Voz de Cuba, “el más constante, el más irreconciliable de los enemigos de España”.

Valentin Goicuría estaba en Estados Unidos cuando supo que su hijo Domingo había muerto en la isla.

Desembarcó en Cuba en el buque Lilian en febrero de 1870. En el mismo año, hallándose en cayo Guanaja, cerca de la costa, para salir rumbo a Nassau con una misión del Gobierno, fue apresado por un cañonero español. Lo trasladaron a La Habana, donde tenía una causa pendiente desde 1851. Rehusó nombrar abogado defensor y el señalado de ofició pidió para su amparado la pena de muerte, aunque solicitando que no se le aplicase el garrote vil sino que fuese pasado por las armas.

Condenado a morir en el garrote, Antonio Pirala, el historiador peninsular, en sus Anales de la Guerra de Cuba narró así sus últimos momentos, en mayo de 1870: “Convicto y confeso de cuanto se le atribuía, mostróse digno y entero, sin alardes inconvenientes, oyó sin inmutarse la fatal sentencia del consejo y trasladado en la madrugada del 7 al Castillo del Príncipe, en cuyo campo oeste se había levantado en patíbulo, pasó el resto de la noche, en capilla, inmóvil y tranquilo. Pidió confesarse al amanecer, en cuyo acto lloró, así como al recordar a su hijo y a su familia; escuchó devotamente la misa; volvió a gozar tranquilidad su espíritu, confortada su alma con el sentimiento religioso; tomó a las siete una taza de café; parecióle depresivo vestir la ropa blanca que le presentó el verdugo, pero pudo más la resignación cristiana que la vanidad mundana; marchó con paso firme, mirada serena y la cabeza erguida, y subió hasta con velocidad las escaleras del cadalso en el que fué agarrotado, sin habérsele permitido, como deseaba, hablar al público. Sus últimas palabras fueron éstas: Muere un hombre, pero nace un pueblo.”